9 de febrero de 2012

La princesa guerrera


"Érase una vez joven princesa cuyo destino era encontrar a su príncipe azul para casarse con él y ser felices para siempre…." Así era como comenzaba el que había sido su cuento favorito en la infancia. Ahora, con diecisiete años, comprendía por qué entonces le gustaba tanto: sus padres la habían educado en esos ideales.
Sin embargo había crecido y madurado, y ahora aborrecía dichos ideales. Pero era difícil rebelarse contra ellos, ya que su padre no paraba de recibir en palacio a muchos jóvenes apuestos que venían a pedirle la mano de su hija. Hasta ahora la joven princesa había logrado evitar a todos los pretendientes, pero temía enamorarse de alguno y olvidarse de su juramento de no seguir la estúpida costumbre de casarse y ser felices para siempre. Además, el hecho de que su belleza aumentaba cada día más no facilitaba las cosas, ya que cada día llegaban más jóvenes a palacio. Y por otra parte, su padre estaba cada vez más desesperado por casar a su hija, que ya tenía edad suficiente para ello.
Pero Victoria era diferente a las demás jóvenes de su edad. A ella no le interesaban los asuntos propios de una dama. Ella prefería pasarse el día cabalgando a lomos de su caballo blanco y sin ningún tipo de cortejo. Además Victoria tenía una gran personalidad y no le gustaba seguir las tradiciones y costumbres familiares. Ella no quería pasarse el resto de su vida encerrada en un castillo bordando mientras espera a que su marido vuelva de la guerra. Ella quería hacer todo lo que hacían los hombres y despreciaba las labores dedicadas a las doncellas.
La joven solía llevar su cabello rubio oscuro recogido en un complejo moño que dejaba caer sobre sus hombros largos tirabuzones. Su rostro de delicados rasgos estaba demasiado bronceado para el gusto de su madre a causa de su afición a montar a caballo. Sus ojos verdes tenían un brillo especial y su sonrisa de finos labios dejaba ver unos dientes pequeños y blancos perfectamente alineados. Era alta y delgada, y los vestidos que le gustaba usar le dejaban gran parte de la espalda al aire y eran muy escotados, muy a pesar de su padre, quien se empeñaba en que su hija vistiese “más decentemente”. Por otra parte, los vestidos eran ajustados hasta la cintura, donde se abrían hasta los pies. Al estar más morena que el resto de las jóvenes de su entorno, el color blanco le sentaba de maravilla, pero también le quedaba muy bien el rojo y el turquesa, y por esta razón, estos eran los colores que más abundaban en su armario.
El objetivo de Victoria era claro: se convertiría en una princesa guerrera. Y para ello mandó al herrero del castillo que le forjase una espada y una armadura, pidiéndole que guardase el secreto, ya que sus padres nunca lo autorizarían. Por eso, aquel día, después de que su sirvienta más fiel le dijera que el herrero ya había terminado la armadura, Victoria cogió una túnica de color oscuro con capucha para cubrirse con ella, y salió furtivamente del palacio. Recorrió las calles de la ciudad hasta llegar a la herrería. Entró, pero no encontró al herrero, sino a un joven no mucho mayor que ella que trabajaba con la fragua. La muchacha se aseguró de que la puerta quedaba bien cerrada, y cuando el chico levantó la vista, ella preguntó:
-Perdonad, ¿podríais avisar al herrero Manuel de que ya estoy aquí?
-Mi padre ha tenido que salir a hacer unos recados, pero me avisó de que vos llegaríais hoy, alteza —Victoria se sorprendió y miró a todos lados, temiendo que alguien hubiese oído al chico—. No os preocupéis, alteza, nadie nos oye, nadie va a saber que vos habéis venido. Y podéis confiar en mí, mi padre me ha puesto al tanto, y os aseguro que guardaré el secreto hasta la muerte. Ahora esperaos un momento, que voy a buscar lo que vos dejasteis encargado.
Victoria se descubrió el rostro y el muchacho quedó asombrado de la belleza de la joven. Jamás había tenido a la princesa tan cerca. Sin embargo, en seguida reaccionó y salió corriendo a buscar el encargo.
Al rato llegó con una gran caja de madera, la colocó sobre una mesa y Victoria se acercó, para ver su contenido. El muchacho sacó con delicadeza una espada cuya hoja era ancha y dorada, la guarda lucía incrustaciones en rojo, y la empuñadura acolchada con terciopelo azul marino, que enseguida agarraron los finos dedos de Victoria. A continuación, el joven extrajo una armadura dorada y se la tendía a la princesa pidiéndole que se la probara, para comprobar que le quedaba bien. La chica obedeció, y la armadura se ajustaba perfectamente a su cuerpo. El muchacho, aún turbado, sólo pudo balbucir:
-Os queda de maravilla…
-Muchas gracias por el trabajo. Por cierto, le dije a vuestro padre que quería que me recomendase a algún maestro que me pudiese enseñar a manejar la espada. ¿A vos no os ha dicho nada al respecto?
-Sí, alteza. Mi padre considera que yo podría ser un buen maestro para vos, y desde luego, para mí sería un gran honor serviros y enseñaros todo lo que humildemente he aprendido a lo largo de mi vida.
-De acuerdo, seréis mi maestro. Confío en que estéis a la altura.
-Por supuesto, mi señora.
-Por cierto, ¿cómo os llamáis?
-Daniel, para serviros.
-Por favor, dejaros de tantas formalidades, que me recordáis a mi padre y a toda la corte —Daniel trató de reprimir la sonrisa que asomaba a sus labios, pero Victoria lo vio y le devolvió la sonrisa, haciendo que el muchacho se ruborizara.
-Entonces, ¿cuando empezamos nuestras clases? —preguntó la princesa emocionada—. Estoy deseando empezar a aprender a manejar la espada.
-Cuando vos queráis, alteza. Estoy a su entera disposición. Si queréis empezamos mañana.
-De acuerdo, mañana nos vemos al amanecer en el claro que hay junto al río. En el castillo no notarán mi ausencia ya que todas las mañanas salgo a cabalgar por el campo.
-Está bien, allí nos veremos, alteza.
Victoria volvió a cubrirse el rostro y cuando se disponía a salir por la puerta, ésta se abrió, y el corazón de Victoria dio un vuelco. Sin embargo, se trataba del herrero, el padre de Daniel, que al reconocerla dijo:
-Buenos días, Alteza, ¿que os ha parecido la armadura y la espada?
-Están muy bien terminadas, habéis realizado un buen trabajo, muchas gracias por todo.
-¿Ya os ha comentado mi hijo que va a ser vuestro maestro? —Victoria asintió.

Al día siguiente, Victoria se levantó temprano, se arropó con uno de sus elegantes vestidos para no llamar la atención. Bajó a desayunar y después se dirigió a los establos para preparar su caballo. Colocó sobre su lomo una alforja, en la que guardó su nueva armadura y su espada, y salió cabalgando del castillo para dirigirse al río, donde había quedado con Daniel.
Cuando llegó, él ya estaba allí esperándola. Ella bajó del caballo y lo amarró a un árbol. Se acercó al chico, quien cogió su mano y la besó, para asombro de Victoria.
-Por favor, Daniel, ya os dije ayer que no quería que me tratarais así. Estoy harta de que todo el mundo que me trate así —le reprendió ella.
-Lo siento, mi señora.
Y comenzaron sus entrenamientos. Daniel era un hábil espadachín que ya había ganado los dos últimos torneos anuales de la villa, a pesar de su juventud. Por su parte, Victoria era una alumna excelente, que imitaba a la perfección los movimientos de su maestro.

Continuaron con el aprendizaje durante varias semanas, en las que Victoria se levantaba temprano y se dirigía al río, donde ya estaba esperándola Daniel. Cada día Victoria era más experta en el manejo de la espada, y cada día la confianza entre ambos aumentaba.
Para Victoria, los encuentros en el río se habían convertido no sólo en su entrenamiento diario sino en el único momento del día en el que podía huir de la corte, de su padre y de los pretendientes que éste le traía. Se pasaba las horas deseando que llegase el amanecer para salir a reunirse con Daniel, porque el chico le daba la cálida y reconfortante compañía que jamás había recibido. Y además, ver la sonrisa de Daniel era como recibir un vaso de agua en el desierto. El muchacho se había convertido en el principal protagonista de sus sueños y ella temía que se hubiese enamorado de él.
Entretanto, sus padres estaban cada vez más preocupados por ella, ya que se había vuelto ausente y solitaria, y además seguía con su empeño de no querer recibir a los pretendientes.

Un día, de repente, llegó a palacio un heraldo que pedía ver al rey inmediatamente. Sin embargo, éste había salido y no podía recibirle. Por lo tanto, el heraldo entregó su mensaje a la princesa Victoria, ya que era la heredera al trono. Eran malas noticias: al reino vecino le habían declarado la guerra, y le pedía al rey Enrique que lo ayudase, ya que eran aliados desde tiempos inmemorables. Victoria le transmitió el mensaje a su padre en cuanto volvió, y enseguida le pidió que le dejara dirigir uno de los batallones.
-¿Pero estáis loca? —estalló el rey—. Sólo sois una niña. Si hubierais elegido ya a algún pretendiente, lo pondría al frente de un batallón —le reprochó—. Además, no tenéis ni idea de cómo manejar un arma.
-¡Padre, no soy ninguna niña! Ya tengo diecisiete años, y os equivocáis, se perfectamente cómo manejar una espada —respondió Victoria llena de rabia—, he estado aprendiendo por mi cuenta —continuó un poco más calmada.
-¿Que habéis estado aprendiendo por vuestra cuenta? —Victoria asintió con la cabeza.
Siguió un incómodo y largo silencio.
-Victoria —comenzó su padre—, desde que nacisteis supe que erais diferente, y comprendo que no queráis quedaros de brazos cruzados mientras los hombres se juegan la vida, pero esto es una guerra, y no quiero perderos. No podéis morir, vuestra madre jamás me lo perdonaría. Además, sois la heredera y debéis permanecer a salvo.
-Pero…, yo no quiero quedarme aquí. No puedo, padre, ¿lo entendéis? Necesito ir porque necesito aprender lo que es una guerra, si no, ¿cómo pretendéis que algún día gobierne?
Tras una larga pausa, el rey contestó:
-Está bien, Victoria, tenéis razón. Pero primero deberéis mostrarme lo que sabéis hacer con la espada. No pretendo que ataquéis a nadie durante la batalla, pero necesito saber que en caso de peligro sabréis defenderos. Y deberéis jurarme que os mantendréis a salvo en todo momento. No quiero que os suceda nada.
-Muchas gracias, padre —y acto seguido sacó la espada que traía oculta bajo la larga túnica que vestía, y comenzó a hacer gala de los conocimientos aprendidos de Daniel, aunque el vestido que llevaba le impedía dar su cien por cien.
A pesar de todo, su padre se había quedado boquiabierto, y enseguida le pidió a uno de sus soldados que luchara con ella. Para Victoria fue fácil vencerle, y cuando lo hizo, su padre preguntó:
-¿Quién os ha enseñado a luchar así?
-Un chico —contestó con una sonrisa de oreja a oreja.
-¿Significa eso que ya habéis elegido un pretendiente?—inquirió exaltado.
La princesa no sabía qué contestar. No era un pretendiente de los que su padre le había traído, pero quizá…, aunque su familia nunca lo aprobaría, pensó. Sin embargo, se atrevió a pedir una última cosa:
-Padre, me gustaría que ese joven que me ha enseñado a manejar la espada estuviera en el batallón que yo voy a dirigir.
-Por supuesto, hija mía. Aquel que ha conseguido conquistar vuestro corazón se merece un puesto de honor —la chica torció el gesto, el muchacho no había conquistado su corazón… ¿o quizá sí?
De esta forma, Victoria y Daniel se reunieron a las puertas del castillo junto con el resto del ejército. Ella lucía la armadura que el padre de Daniel había forjado para ella meses atrás, y él vestía una armadura realizada especialmente para la ocasión. Juntos se acercaron al rey, y Victoria, con voz temblorosa, le presentó a su acompañante. El monarca se sintió complacido de conocerlo al fin, y le entregó el regalo que le tenía preparado, un caballo de piel negra brillante. Victoria temía el momento en que le preguntase quiénes eran sus padres y dónde vivía. Sin embargo, el rey estaba demasiado preocupado por partir cuanto antes que no le preguntó nada.

Comenzaron la marcha desfilando por las calles de la ciudad, mientras la muchedumbre aplaudía y deseaba suerte a los guerreros, y todos esperaban ansiosos a ver al acompañante de la princesa Victoria, del cual corrían rumores muy diversos. Se decía que era un príncipe venido desde tierras muy lejanas sólo para obtener la mano de la joven princesa. También se oía que era un mago y que había conquistado a su alteza con ayuda de sus artes mágicas. Y más rumores sin fundamento que apenas se acercaban a la realidad.

Tras unas largas jornadas de viaje llegaron a su destino. La guerra comenzó al día siguiente, y al principio había una clara ventaja del ejército enemigo. Sin embargo, a lo largo del día ellos empezaron a perder hombres y comenzaron a desmoralizarse. Con la caída del sol se suspendió la batalla y todo el mundo volvió a sus tiendas. Victoria entró en la suya, agotada, y comenzó a despojarse de la pesada armadura, cuando, de repente, notó una mano sobre su hombro desnudo. Ella se sobresaltó, pero no llegó a gritar porque de reojo vio la sonrisa de Daniel. A su vez ella sonrió y le preguntó:
-¿Cómo habéis entrado? ¿No están los guardias en la puerta?
-Sí, pero me han dejado pasar. ¿No os habré interrumpido, verdad?
-No, no os preocupéis. Me estaba desvistiendo, y es más, necesito ayuda. Ahora me doy cuenta de lo inútil que soy sin mis doncellas.
-¿Por qué no han venido?
-Yo no quería, porque he venido a la guerra, no a pasear —dijo ella sonriendo, mientras él la ayudaba a desabrocharse el corsé que siempre se ponía ella bajo la armadura.
El corazón de Victoria latía con fuerza por la cercanía del joven, pero ella no quería enamorarse. Lo había jurado. Sin embargo, Daniel despertaba en ella sentimientos que jamás había experimentado, y a los que calificaba de amor por lo que le contaban sus jóvenes doncellas cuando le hablaban de sus amantes.
Daniel se interesó por cómo se sentía y por cómo le había ido el primer día de batalla, y estuvieron largo rato hablando sobre la guerra. Victoria le confesó que era más duro de lo que esperaba, y con un suspiro dejó caer su cabeza sobre el hombro de Daniel. Él comenzó a acariciarle el pelo, y luego ella le miró a los ojos intensamente, y él, en un impulso, la besó.

Al día siguiente continuó la batalla. Ésta vez los enemigos comenzaron con desventaja, y pronto los ejércitos de Victoria y el rey Enrique empezaron a ganar terreno. Sin embargo, al llegar la noche aún no había ningún vencedor.
Esa noche Daniel acudió de nuevo a la tienda de Victoria para saber cómo se encontraba, y para ayudarle a quitarse la armadura. Y esa noche el joven le confesó a la princesa sus verdaderos sentimientos por ella, diciéndole que él deseaba casarse con ella, pero al ser un humilde herrero eso no iba a ser posible. Sin embargo, Victoria le dijo que eso a ella no le importaba, y que tampoco le importaba lo que dijese la gente. Y finalmente, le declaró que se casaría con él, porque él llenaba su vida, y porque ahora ya no concebía la vida sin él.
Por fin, al mediodía del tercer día, las tropas enemigas se rindieron, y ambos bandos firmaron un tratado de paz. Las pérdidas no habían sido excesivas y enseguida recogieron el campamento para volver a casa.
En el viaje de vuelta, Victoria habló con su padre y le contó sus intenciones de casarse con Daniel. Su padre, que ya lo había dado por hecho, no se sorprendió lo más mínimo. Sin embargo, cuando Victoria empezó a contarle los humildes orígenes del chico, ya no le pareció tan buena idea. Durante todo el viaje, ella trató de convencerlo de que lo amaba y de que no se iba a casar con ningún otro que no fuera él. También apelaba al hecho de que Daniel le había salvado la vida en una ocasión durante la batalla, evitando que una flecha llegase a su cuerpo, y le dijo que él había demostrado ser un gran guerrero y que no importaban los orígenes. Finalmente, el anciano rey aceptó, pero más porque veía que ya era viejo y que pronto abandonaría este mundo, que por las suplicas de su hija.
De esta forma, cuando llegaron a palacio, habiendo atravesado la ciudad entre una multitud alegre y eufórica que lanzaba flores a los valientes soldados, el rey salió al balcón y acalló a la muchedumbre levantando ambos brazos. Después, con una potente voz, anunció:
-Querido pueblo, hoy es un gran día. Hoy tenemos que celebrar muchas cosas. Una de ellas es que la guerra ha terminado y hemos resultado vencedores. Y lo otro que hoy debemos celebrar es que mi querida hija, la princesa Victoria, la heredera al trono, va a contraer matrimonio dentro de dos meses —mientras decía esto, los dos jóvenes salieron al balcón y, cogidos de la mano, levantaron los brazos.
La noche antes de llegar a la ciudad, el rey decidió nombrar a Daniel Duque de Robles, ya que la batalla en la que le había salvado la vida a su hija se había desarrollado entre robles. Este nombramiento lo realizó para poder decir que su hija se casaba con un noble y no con el hijo de un herrero. Victoria se opuso a este acto, porque ella no quería casarse con el Duque de Robles sino con Daniel. Sin embargo, acabó aceptándolo porque comprendió que si no lo hacía todos los reinos vecinos se volverían en su contra.
-Mis queridos súbditos, os presento a vuestro futuro rey, Daniel, Duque de Robles —continuó el rey Enrique dirigiéndose al gentío, que comenzó a gritar y silbar dando su aprobación al joven que sostenía la mano de la princesa Victoria—. Será un buen rey, como corresponde a un valiente guerrero que no duda en intervenir si la vida de mi querida hija Victoria está en peligro, como ya ha demostrado en la última batalla —y el pueblo estalló en vítores y palmas.

Un poco más tarde, mientras Victoria se desvestía, su fiel sirvienta le preguntó:
-Alteza, ¿vos no habías jurado que jamás os enamoraríais y que jamás le entregaríais vuestro corazón a ningún joven?
-Tenéis razón, yo juré que nunca me enamoraría, pero en ese momento no sabía lo que era el amor. Realmente lo que yo no quería era casarme a la fuerza y por obligación. Pero he conocido a Daniel, que es maravilloso. Ya os contaré todo lo bueno que es conmigo. Y me he enamorado de él, y con él si que me voy a casar, pero me voy a casar porque lo he decidido yo, no mi padre.

Durante los dos meses que siguieron, el palacio era un bullidero de nervios. Todos los criados de palacio corrían de un lado para otro para poner todo a punto para la boda. Había que limpiar todo el palacio, había que decorar los salones en los que se iba a celebrar el banquete, había que cazar los ciervos que se servirían en el comida y había que cocinarlos. También había que limpiar la catedral en la que se iba a celebrar la boda y el párroco debía preparar los discursos de la misa. Por supuesto había que realizar el vestido que luciría ese día la novia, y también el que llevaría el novio. Y por último había que enviar las invitaciones de boda a todas las cortes de los reinos cercanos.
Al fin llegó el gran día, y Victoria no cabía en sí de nervios y de emoción. Al fin iba a contraer matrimonio con el hombre al que amaba.

Ana Molina Ordóñez,
Verano 2010

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